Hay un momento mágico en las Islas Cíes, un instante preciso que justifica todo el viaje. Ocurre a última hora de la tarde, cuando el último ferry carga a los visitantes de día y se aleja hacia Vigo o Cangas. De repente, el murmullo de la multitud se apaga y el archipiélago suelta un suspiro de alivio. Es entonces cuando me doy cuenta de que la isla es mía, o mejor dicho, que yo soy, por unas horas, parte de ella.
El dormir en las Islas Cíes no es una cuestión de elegir hotel, porque no los hay. No hay complejos turísticos, ni apartamentos, ni lujos de hormigón. Y doy gracias por ello. Mi «habitación» está en el Camping Islas Cíes, el único lugar permitido para pernoctar en este santuario natural. He optado por alquilar una de sus tiendas de lona ya montadas; son estructuras sencillas, elevadas sobre una tarima de madera, con camas de verdad en su interior. Es un glamping austero pero suficiente, situado estratégicamente entre el Lago dos Nenos y la playa de Rodas, protegido por la sombra de los pinos que se retuercen por el viento.
La experiencia de dormir aquí es sensorial. Al caer la noche, la oscuridad es absoluta. Cíes es un Destino Starlight, y basta con levantar la vista para entender por qué. Sin la contaminación lumínica de la ciudad, la Vía Láctea parece caerse encima de nosotros. Me siento en la arena, envuelto en una sudadera porque la brisa refresca, y lo único que escucho es el ritmo hipnótico del Atlántico rompiendo en la orilla y el sonido de las hojas de los pinos meciéndose.
No hay enchufes en las tiendas, la cobertura va y viene, y la electricidad es limitada. Pero esa desconexión es el verdadero lujo. Dormir aquí es conciliar el sueño con el arrullo del mar de fondo y despertarse con el canto —a veces estridente, lo admito— de las gaviotas patiamarillas, las verdaderas dueñas del lugar.
Pero el mejor regalo llega al amanecer. Abrir la cremallera de la tienda, caminar unos metros y pisar la arena de la playa de Rodas completamente desierta, antes de que llegue el primer barco de la mañana, es una sensación de privilegio indescriptible. En ese silencio matutino, con el sol despuntando sobre la ría, entiendo que no necesito un hotel de cinco estrellas cuando tengo todo este paraíso a mis pies.