Cada vez que preparo una escapada y compro un billete que sale del aeropuerto de Santiago de Compostela, la emoción del destino comparte espacio con una duda recurrente en cuanto cierro la maleta: qué hacer con el coche. Conducir hasta Lavacolla es, sin duda, la opción más cómoda y autónoma, pero decidir donde dejar el coche en el aeropuerto de Santiago durante tres, cinco o diez días se ha convertido en una parte fundamental de la logística de cualquier viaje. Con el paso de los años y unos cuantos despegues a las espaldas, he aprendido que no existe un lugar perfecto en términos absolutos, sino la opción adecuada según el tipo de viaje que vas a hacer.

Cuando viajo por trabajo o me toca coger el primer vuelo de la mañana, no me complico: el parking general de la terminal es la elección lógica. Hay mañanas de invierno en Galicia en las que la lluvia cae en tromba y el viento azota con ganas en el alto de Lavacolla; en esos momentos, no depender de traslados ajenos ni tener que esperar bajo la marquesina no tiene precio. Dejas el coche en una plaza cubierta, cruzas la pasarela a pie y en apenas dos minutos estás dentro del edificio terminal, pasando el control de seguridad con el café en la mano. Para escapadas cortas de fin de semana, la comodidad de aterrizar el domingo por la noche cansado y marcharte directo a casa compensa de sobra la tarifa oficial, especialmente si reservas plaza con antelación desde el móvil.

Sin embargo, cuando el viaje supera los cuatro o cinco días, la perspectiva cambia radicalmente. En viajes largos o vacaciones familiares de una o dos semanas, el coste del aparcamiento oficial se dispara y deja de tener sentido pagar casi más por la plaza que por el propio billete de avión. Es ahí donde recurro a los parkings de bajo coste situados en los alrededores del recinto aeroportuario.

Al principio sentía cierta reticencia a dejar las llaves en naves privadas a las afueras, pero la experiencia ha sido impecable. Llegas a sus instalaciones a pie de carretera, aparcas en recintos cerrados y vigilados las veinticuatro horas y, en cuanto bajas las maletas, te suben a una furgoneta lanzadera que te deja en la misma puerta de salidas en cinco minutos. Al regreso, basta con una llamada breve nada más recoger el equipaje para que la misma lanzadera te recoja en la acera de llegadas. El ahorro en viajes de diez días es notable y te permite marcharte con la tranquilidad de que el vehículo está a buen recaudo sin castigar el presupuesto de las vacaciones.

Hoy ya no improviso ni decido sobre la marcha en la rotonda de acceso. Si el viaje es exprés y cada minuto cuenta, elijo la inmediatez de la terminal; si el billete es para recorrer medio mundo con calma, me quedo con los servicios de los alrededores. Saber de antemano dónde dormirá el coche me permite arrancar el motor, enfilar la autovía y empezar a disfrutar del viaje mucho antes de poner el pie en el avión.