Glamurosas, polivalentes y sofisticadas, las pulseras son mucho más que un complemento. Su uso se remonta al neolítico, cuando se elaboraban a partir de conchas, cueros y piedras, tal vez con fines espirituales o de estatus social, que persisten en la actualidad. Y es que una pulsera de oro, plata o paladio refleja tanto el estilo personal como la posición económica y social de la persona.
En concreto, las pulseras forman parte de la moda, la estética propia de una época o contexto cultural. Tanto es así que las mujeres indias portan una pulsera tras contraer nupcias, para representar esta unión. No obstante, hombres y mujeres se sirven de este accesorio para subrayar su estilo particular.
Debido al valor que adquieren ciertas pulseras, es innegable que pueden funcionar como símbolo de estatus y poderío. Un ejemplo es la ‘Wallis Simpson Bracelet’ de Cartier, diseñada con diamantes, zafiros, esmeraldas y otras piedras preciosas. Sin necesidad de invertir una fortuna, cualquier persona puede elevar su autoestima personal con una pulsera, pues no es una joya tan inasequible como pueda parecer.
Pero las pulseras cumplen otras funciones. Atraer la buena fortuna es un uso ancestral de este complemento, al que antiguamente se le atribuía el poder de «influir» en los astros. En otras palabras, ciertas pulseras actúan como amuletos o talismanes.
De hecho, civilizaciones como la egipcia empleaban pulseras y otras joyas con un fin protector. En sí mismas, las piedras, huesos, etcétera, eran neutras para los habitantes del Valle del Nilo, y su poder provenía de su diseño (por ejemplo, los abalorios con forma de nudo, símbolo de Isis y de la fertilidad).
Hoy una creencia minoritaria atribuye propiedades curativas a ciertas piedras y cristales (amatista, lapislázuli, agate, cuarzos, shungita), de modo que su uso en pulseras facilitaría la transmisión o flujo de su energía.