La Primera Comunión es un momento de gran solemnidad, emoción y trascendencia en la vida cristiana. Aunque la etiqueta que prescribe la tradición no está exenta de convenciones, cada comulgante es libre de personalizar el vestido con el que recibirá la Eucaristía. Ciertos complementos ayudan a diferenciarse y lograr un look más llamativo, como los fajines y lazadas comunión para niñas.

Estos accesorios, utilizados en conjunto, cumplen un papel estético y funcional en el vestido, permitiendo ceñir su falda y aportarle una nota diferencial. Las telas de organza, tul y lino son habituales en el fajín y el lazo o lazada, cuyo color suele diferir del resto de prendas y adornarse con encaje, motivos florales, etcétera.

En vestidos de colores blancos, como dictan las convenciones, son adecuados los fajines de tonos complementarios (azul celeste, rosa pastel, etcétera). La elección del color no es un problema en otro de los accesorios estrella de una Primera Comunión: el cancán.

Estas enaguas con volantes airosos se distinguen por su tejido semitransparente, que actúa de pantalla de la falda. Aunque ligero, este complemento ejerce su ‘peso’ en la impresión general, aumentando el volumen, el vuelo y la elegancia del vestido.

Compitiendo con los tocados, las coronas y los sombreros, la diadema aparece como el accesorio más popular entre las comulgantes. Su sencillez esconde posibilidades infinitas de personalización: con cintas, flores, hojas, fibras naturales, adornos de encaje, etcétera. Como alternativa, las horquillas desempeñan una función similar, con una mayor discreción y la posibilidad de incorporar perlas y abalorios.

Por su comodidad y ligereza, las chaquetillas tipo bolero son un sustituto idóneo del abrigo en meses cálidos como abril y mayo, cuando se concentran la mayor parte de las comuniones. En caso de preferir una prenda más casual, las cazadoras vaqueras aportarán una nota juvenil, más que apropiada considerando la edad media de las comulgantes.